
Cuando Anese camina por la calle con su micrófono y realiza una entrevista, su mente es una nebulosa de contradicciones. Vestida con un chador negro y un pañuelo verde que cubre su cabello, la joven siente que cuando hace ese trabajo es feliz. Sin embargo, su vocación es mal vista en su país pues es una labor que sólo los hombres realizan. Trabaja desde hace un año en Tolo, la cadena más popular del país. Afganistán no es una nación para heroínas: “Cuando estoy en la calle grabando una entrevista los hombres me dicen cosas, algunas son insultos; otras, frases de mal gusto que no puedo repetir(…)”
Desde los 12 años anheló ser periodista, no la hicieron desistir pese a los intentos de su familia. Ahora, con 25 años de edad, no se arrepiente de su elección. Sin embargo, no niega que se retiraría si su padre la obligara y se defiende argumentando: “Soy musulmana y debo obedecerle". Kabul parece una ciudad dibujada: un hermoso paisaje con un cielo azul despejado que contrasta con sus grandes montañas. Lamentablemente, también es un submundo terrenal donde las mujeres son maltratadas y consideradas inferiores. Aquellas que sueñan con la completa libertad son tildadas de descarriadas, viven una cruda realidad en su propio país y no ven salida alguna.
Cuando le preguntan si algún día dejaría su trabajo por su futuro esposo, ella contesta sonriente que negociaría la posibilidad de ser útil de alguna manera, aprovechando la formación que tiene. Anese sabe que es muy difícil continuar y recuerda a las dos periodistas asesinadas anteriormente: Zakia Zaki y Shakiba Sanga. Pocas se atreven a romper el tabú y ella seguirá con la misma convicción. Sin importar que, en su día a día, tenga que lidiar con calificativos como puta o inmoral, la comunicadora seguirá en esa senda hacia la liberación total que todas sus semejantes aspiran, mas pocas lo manifiestan.
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